Oh, Sangre y Agua que brotaste del Corazón de Jesús, manantial de misericordia para nosotros, en Ti confío. (Diario de Santa Faustina 187)
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sábado, 8 de octubre de 2011

LA «TAU», SÍMBOLO FRANCISCANO

LA «TAU», SÍMBOLO FRANCISCANO
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La Tau «T» es la última letra del alfabeto hebreo. Decimonona letra del alfabeto griego, que corresponde a la que en el nuestro se llama «te». Pero es también una señal o signo, todo un símbolo.

San Francisco profesaba una profunda devoción al signo Tau, del que habla expresamente el profeta Ezequiel (9,3-6) y al que se refiere implícitamente el Apocalipsis (7,2-4). Con ella firmaba cartas y marcaba paredes, y sanaba heridas y enfermedades. En el ánimo de Francisco pudieron influir el discurso con que Inocencio III abrió el Concilio IV de Letrán, la cruz en forma de tau que llevaban los monjes antonianos sobre el escapulario, la liturgia y el arte sagrado, etc. Para el Santo, la Tau, como la cruz cristiana, era signo de conversión y de penitencia, de elección y de protección por parte de Dios, de redención y de salvación en Cristo.

Desde hace algunos decenios, se ha revalorizado el uso de la Tau en la familia franciscana; se la ve frecuentemente en libros, revistas, cuadros, etc., y la llevan sobre sí, como signo distintivo, muchos hermanos y hermanas tanto de la Primera como de la Tercera Orden, sea ésta religiosa o seglar. Para profundizar en su significado recogemos algunos textos:

Tratado de los milagros, de Celano: «La señal de la Tau le era preferida sobre toda otra señal; con ella sellaba Francisco las cartas y marcaba las paredes de las pequeñas celdas» (3 Cel 3).

Leyenda Mayor, de S. Buenaventura: «El hermano Pacífico... mereció ver de nuevo en la frente de Francisco una gran Tau, que, adornada con variedad de colores, embellecía su rostro con admirable encanto. Se ha de notar que el Santo veneraba con gran afecto dicho signo: lo encomiaba frecuentemente en sus palabras y lo trazaba con su propia mano al pie de las breves cartas que escribía, como si todo su cuidado se cifrara en grabar el signo tau -según el dicho profético- sobre las frentes de los hombres que gimen y se duelen (Ez 9,4), convertidos de veras a Cristo Jesús» (LM 4,9).

Cf. 2 Cel 106; 3 Cel 3 y 159; LM Pról 2; LM Milagros 10, 6 y 7; Lm 2,9; Ll 2.

Ezequiel 9,3-6: «Yahvéh llamó entonces al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escribano a la cintura, y le dijo: "Recorre la ciudad, Jerusalén, y marca una tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en ella". Y a los otros oí que les dijo: "Recorred la ciudad detrás de él y herid. No tengáis piedad, no perdonéis; matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres hasta que no quede uno. Pero no toquéis a quien lleve la tau en la frente. Empezad por mi santuario"».

Apocalipsis 7,2-4: «Luego vi a otro ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar: "No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los marcados con el sello: 144.000 sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel» (Cf. Ap 9,4).

Inocencio III en el Concilio IV de Letrán el año 1215: Después de describir la triste situación de los Santos Lugares hollados por los Sarracenos, el Pontífice lamentó los escándalos que desacreditaban el rebaño de Cristo y lo amenazó con los divinos castigos si no se enmendaba. Evocó la famosa visión de Ezequiel, cuando Yahvéh, agotada la paciencia, exclama con voz poderosa: «"Acercaos, vosotros que veláis sobre la ciudad; acercaos con el instrumento de exterminio en vuestras manos". Y he aquí que seis hombres llegaron con sendos azotes en sus manos. Entre ellos estaba un varón vestido de lino, con recado de escribir a la cintura. Y díjole Yahvéh: "Recorre Jerusalén, y señala con una TAU las frentes de los justos que se encuentren en ella". Y dijo a los otros cinco: "Recorred la ciudad tras él, y exterminad sin piedad a cuantos encontréis; mas no toquéis a ninguno que esté señalado con la TAU". "¿Quiénes son -continuó el Papa- los seis varones encargados de la venganza divina? Ésos sois vosotros, Padres conciliares, que, valiéndoos de todas las armas que tenéis a mano: excomuniones, destituciones, suspensiones y entredichos, habéis de castigar implacablemente a cuantos no estén señalados con la TAU propiciatoria y se obstinen en deshonrar la Cristiandad».- «En su discurso de Letrán, Inocencio III había señalado con el signo Tau a tres clases de predestinados: los que se alistaren en la cruzada; aquéllos que, impedidos de cruzarse, lucharen contra la herejía; finalmente, los pecadores que de veras se empeñaren en reformar su vida» (O. Englebert, Vida de S. Francisco de Asís. Santiago de Chile 1973, pp. 226 y 238).






EL SIGNO «TAU» (T)
por Leonhard Lehmann, o.f.m.cap.

El pergamino de 14 por 10 centímetros que Francisco le regaló a fray León, está escrito por las dos caras. En el reverso de las Alabanzas de Dios se encuentra la siguiente bendición: «El Señor te bendiga y te guarde; te muestre su faz y tenga misericordia de ti. Vuelva su rostro a ti y te dé la paz. El Señor te bendiga, fray León».

Debajo de esta bendición de Francisco, fray León añadió en tinta roja las siguientes palabras: «El bienaventurado Francisco escribió de su propia mano esta bendición a mí, fray León». Y más abajo añade: «De manera semejante hizo de su propia mano este signo Tau, y la cabeza».




El texto de la Bendición a fray León (BenL) escrita por Francisco reproduce casi al pie de la letra la bendición de Aarón, del libro de los Números (Núm 6,24-26). Lo que Francisco añadió al texto bíblico-litúrgico fueron unas pocas palabras, pero muy importantes, por ser suyas propias: «¡El Señor te bendiga, fray León!» Francisco expresa con toda sencillez su deseo de bendición al atormentado compañero.

El signo «taw» - «tau» en la Biblia

En medio del nombre de fray León, entre la «e» y la «o» se encuentra el trazo vertical de la letra tau, cuyas líneas transversales son más cortas y finas.

El signo tau, poco conocido en la actualidad, es de origen bíblico. En Ezequiel 9,3-4 Yahvéh le dice «al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escriba en la cintura» que marque con una taw la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las prácticas abominables que se cometen en Jerusalén. En hebreo antiguo la taw tenía forma de cruz, a la manera de nuestra «T» mayúscula. Era la última letra del alfabeto hebreo, y quienes no sabían escribir la usaban como firma (cf. Job 31,35). También era una señal protectora, como la «señal de Caín» (cf. Gén 4,15) y la sangre con que los israelitas untaron las jambas de sus puertas la noche de la liberación de Egipto (Ex 12,7).

El sentido vétero-testamentario de la letra hebrea taw pasó en el Nuevo Testamento a la letra griega tau. San Juan tiene una visión en la que escucha el mandato dado a los cuatro ángeles: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios». Los marcados con el sello fueron 144.000, de todas las tribus de Israel (Ap 7,2-8). Sólo podían dañar «a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios» (Ap 9,4). Aquí no se cita expresamente la tau ni la cruz, pero se las da por supuestas. En todo caso, siempre se entendió este pasaje relacionado con el de Ez 9. Los Padres de la Iglesia vieron en el signo tau con que fueron marcados los salvados una imagen de la cruz, signo de salvación. En esta línea de la tradición, san Buenaventura interpreta a la luz de Ez 9,4 y de Ap 7,2 la predilección de Francisco por la tau. Echando una mirada retrospectiva a la vida de Francisco, considera que su misión fue la de «llamar a los hombres al llanto y luto, a raparse y ceñirse de saco y a grabar en la frente de los que gimen y se duelen el signo tau, como expresión de la cruz de la penitencia y del hábito conformado a la misma cruz» (LM Pról 2b; cf. LM 4,9; Milagros 10,6-7).

La tradición de la «tau» en tiempo de san Francisco

En esta devoción Francisco estuvo más influido por la tradición contemporánea que por la Sagrada Escritura. El simbolismo de la tau estaba de moda en su tiempo. Durante la inauguración del Concilio IV de Letrán (1215), el papa Inocencio III predicó sobre Ezequiel 9 y llamó a todos los cristianos a hacer penitencia bajo el signo de la tau, signo de conversión y señal de la cruz.

Los antonianos, que se dedicaban sobre todo a la atención de los contagiados por la peste, llevaban en el hábito la cruz antoniana, en forma de tau.

Como posibles fuentes pictóricas de la veneración de la tau hay que tener en cuenta sobre todo las ilustraciones de libros, especialmente las pinturas del canon. Se llama «pintura del canon» la página del misal en la que estaba pintado y adornado con una cruz el principio del canon latino: «Te igitur, clementissime Pater...» La «T» del «Te igitur» se convirtió con frecuencia en una cruz grande y polícroma, cuyo madero vertical se unía con el travesaño al igual que la «T» mayúscula, o subía hasta más arriba formando una cruz latina. Este segundo caso podemos verlo en el misal de San Nicolás, que Francisco, Bernardo y Pedro Cattani consultaron por tres veces, deseosos de conocer lo que Dios quería de ellos (cf. TC 28-29).

La «tau» trazada por Francisco

La taw hebrea, o la tau griega, estaban por tanto de moda. Para Francisco era, igual que la cruz, el signo de la salvación y de la redención. Y así como la salvación se llevó a cabo mediante la cruz, con sufrimientos y dolores, así también el discípulo de Jesús está llamado a seguir el camino de la cruz. De acuerdo con la llamada del Papa al inicio del Concilio, la tau fue para Francisco un signo especial de renovación y penitencia, que empleó en distintas circunstancias. «La señal de la tau le era preferida sobre toda otra señal; con ella sellaba las cartas y marcaba las paredes de las pequeñas celdas» (3 Cel 3).

Quien visite Fonte Colombo, el «Sinaí franciscano», podrá observar en la capilla de la Magdalena, a la izquierda del altar, una tau pintada en rojo en el intradós de la ventana. Con buenas razones, la tradición atribuye esta pintura a san Francisco. La terminación gruesa de los extremos del travesaño es una muestra de cómo se escribía a principios del siglo XIII. La tau tiene en ese lugar un significado muy apropiado, pues está indicando que Magdalena es la penitente.

Las taus iniciales de las «pinturas del canon» nos hablan claramente de la vinculación de la obra de la redención con la eucaristía. De esta vinculación, así como de la reforma eucarística deseada por Francisco, nos habla también la tau colocada por él como firma de la primera Carta a los Clérigos, que puede verse en el Misal de Subíaco. Por ello las ediciones de los escritos de Francisco deberían reproducir la tau al final de la 1CtaCle, como hacen al reproducir la BenL.

Esa manera de actuar de Francisco en las dos ocasiones citadas no es nada extraordinario; ya había actuado así antes. La tau es un signo preferido desde antes de dedicarle el pergamino a fray León. Precisamente por ello puede fray León entender la tau en el sentido en que la entiende Francisco y tener en gran estima, como un autógrafo, el pergamino que contiene la bendición. Lleva la letra manuscrita e inconfundible de Francisco.

La cabeza debajo de la «tau»

El dibujo que aparece en ese pergamino debajo de la tau no tiene un significado tan unívoco como ésta. El madero vertical de la tau parece salir de la boca abierta de una cabeza humana; es decir, la cruz brota como de la boca, lo cual podría ser una alusión a la proclamación de la conversión y de la cruz. Los contornos imprecisos del dibujo han dado pie a muchas interpretaciones, no siempre acertadas. Vale la pena tomar en serio dos de ellas, que son las que prevalecen hoy en día: una considera que el dibujo es la calavera de Adán; la otra afirma que es la cabeza de fray León.

La Legenda aurea, compilada por el dominico Jacobo de Vorágine († 1298), transmite, entre otras, la siguiente leyenda, conocida desde la alta Edad Media y llena de profundo significado: la cruz de Cristo fue hecha con madera del mismo árbol en el que pecó Adán, y fue levantada en el mismo lugar en que se hallaba el sepulcro de Adán. Mediante la sangre que brotó de la cruz fue redimido Adán y, con él, todo el género humano. Esta interpretación de la relación entre la redención y el pecado original, teológicamente irreprochable, podemos encontrarla también en el arte. Desde el siglo VI el arte representa el tema de «Adán bajo el Gólgota». En la catedral de Espoleto puede verse un crucifijo pintado en 1180 que reproduce la siguiente escena: en el lado derecho e izquierdo del Crucificado están de pie María y Juan; bajo los pies de Cristo está pintada la calavera de Adán; la sangre que brota de las llagas de los pies de Jesús se derrama sobre la cabeza de Adán.

Si Francisco no había oído hablar de esta leyenda de la cruz, es bien probable que la conociera -hombre de aguda vista como fue- gracias a las obras de arte. Por eso lo más probable es que lo que dibuje debajo de la tau sea la calavera de Adán. Quería así, con su dibujo más bien insinuado que claro, manifestar que toda la descendencia de Adán había sido redimida por Jesucristo, el segundo Adán. «También tú, hermano León -le dice-, eres uno de los redimidos».

El dibujo puede entenderse, así mismo, como una reproducción de la cabeza de fray León. Y esto sería exactamente igual de significativo, pues es a él personalmente a quien Francisco bendice. Refiriéndose a Ez 9 y Ap 7, Francisco entiende la tau como el sello de los elegidos. Quien vive en esta vida bajo el signo de la conversión (tau), está marcado, ya desde ahora, en calidad de siervo de Dios, con el sello de los salvados (tau). Francisco quería consolar al atribulado León, asegurándole: «El sello de la cruz está marcado sobre tu frente, pues formas parte de los auténticos convertidos y, por tanto, de los que serán salvados».

Estas dos interpretaciones pueden armonizarse entre ellas. No se excluyen, sino que se complementan. Puesto que la humanidad ha sido redimida por Cristo, también León ha sido redimido. Es un pecador, como Adán, pero lo limpia la sangre del Redentor. Es uno de los «varones penitentes de la ciudad de Asís» (TC 37c) y, como Francisco, vive bajo el signo de la tau, de la conversión y de la redención, de la solidaridad y la oración en común. Bendiciendo personalmente a fray León y trazando sobre él el signo de la cruz, le expresa y le entrega la fuerza salvadora que brota de ese signo de salvación.

Tal como fray León interpretó el dibujo de debajo de la bendición, las palabras y los hechos de Francisco fueron para él un signo de consuelo. Y lo son también para nosotros. Aunque no llevemos grabadas visiblemente las llagas del Crucificado, como Francisco, sí las llevamos internamente. A todo aquel que se deja herir en nombre de Cristo y carga con su cruz, Francisco le dice lo mismo que le dijo a fray León: «También tú estás marcado con la cruz de Cristo y, por tanto, bendecido. Eres propiedad de Dios y estás bajo su protección».

Así, todos los que procuran seguir a Cristo en las dificultades de la vida, pueden percibir cómo la bendición de san Francisco va también dirigida a ellos y cómo los marca con la tau. Y cada uno y cada una puede considerar: «Esta tau es la cruz, el signo de Jesucristo, el Cordero sacrificado. Mediante su cruz he sido salvado también yo. Puedo contarme entre los que han sido marcados con ella...» (H. Holtz).

[De L. Lehmann, O.F.M.Cap., Del tú de Dios al tú del hermano. La Bendición a fray León (BenL),
en Selecciones de Franciscanismo, vol. XXIII, n.º 68 (1994) 191-200]





   

martes, 4 de octubre de 2011

Las llagas de Cristo en San Francisco de Asis





Las llagas de Cristo en San Francisco de Asis
  Fue un personaje de leyenda en vida y después de su muerte esta leyenda se hace cada vez mayor, atribuyéndosele cantidad de milagros. Su exquisita poesía y su familiaridad con la naturaleza le añaden el acento más humano conocido en un santo, como se puede apreciar en su Cántico al Sol.

El primer santo de quien se sabe que padeció de estos estigmas fue San Francisco de Asís, cuyos estigmas eran de una clase que no se ha vuelto a ver posteriormente: en las heridas de manos y pies se hallaban raspaduras de carne en forma de clavos. Los de un lado tenían cabezas redondas; los del otro tenían puntas largas, que se doblaban para arañar la piel. La humildad del santo no pudo impedir que muchos de sus hermanos hayan sido testigos, con sus propios ojos, tanto en vida del santo como después de su muerte, de la existencia de estas heridas.





 
 
 
DIRECTORIO FRANCISCANO
Consideraciones sobre las Llagas
 
CONSIDERACIÓN V
Apariciones a santas personas relativas a las sagradas llagas (1)
La quinta y última consideración trata de ciertas apariciones, revelaciones y milagros obrados por Dios después de la muerte de San Francisco en confirmación de sus sagradas santas llagas y para conocimiento del día y hora en que Cristo se las imprimió. Por lo que a esto toca, es de saber que el año del Señor 1282, el día 3 de octubre (2), el hermano Felipe, ministro de Toscana, por orden del hermano Bonagracia, ministro general (3), requirió, por santa obediencia, al hermano Mateo de Castiglione Aretino, hombre de gran devoción y santidad, que declarase lo que supiese acerca del día y la hora en que Cristo imprimió las sagradas llagas en el cuerpo de San Francisco, por tener entendido que acerca de esto había recibido una revelación. Obligado éste por santa obediencia, dijo:
«Perteneciendo yo a la comunidad del monte Alverna, el año pasado, el mes de mayo, me puse un día en oración en la celda en que se cree tuvo lugar la aparición seráfica, y pedía devotísimamente al Señor que se dignase revelar a alguna persona el día, hora y lugar en que las sagradas santas llagas fueron impresas en el cuerpo de San Francisco. Y, continuando en estas súplicas más de lo que dura el primer sueño, se me apareció San Francisco con grandísimo resplandor y me dijo:
-- Hijo, ¿qué es lo que pides a Dios?
Le dije:
-- Padre, te pido tal cosa.
Él me respondió:
-- Soy tu padre Francisco. ¿Me conoces bien?
-- Sí, Padre -contesté.
Y entonces me mostró las llagas de las manos, pies y costado, diciendo:
-- Ha llegado el tiempo en que Dios quiere que se manifieste, para gloria suya, lo que los hermanos no se cuidaron de saber en el pasado. Sábete, pues, que el que se me apareció no fue un ángel, sino el mismo Jesucristo en forma de serafín y que con sus propias manos imprimió en mi cuerpo estas cinco llagas, como él las había recibido en el suyo en la cruz. Sucedió de esta manera: la víspera de la Exaltación de la Santa Cruz vino a decirme un ángel, de parte de Dios, que me preparase para soportar con paciencia y recibir lo que Dios quisiere mandarme. Contesté que me hallaba dispuesto a recibir cuanto fuese de su agrado. La mañana siguiente, o sea, la de la Santa Cruz, que aquel año era viernes, salí de la celda de madrugada con grandísimo fervor de espíritu y fui a ponerme en oración en ese lugar que ocupas, donde muchas veces yo solía orar. Mientras oraba, bajó por el aire desde el cielo, con gran ímpetu, un joven crucificado en forma de serafín con seis alas; ante su maravilloso aspecto, caí de rodillas humildemente y comencé a contemplar devotamente el amor sin medida de Cristo crucificado y el desmesurado dolor de su pasión. Aquella visión engendró en mí tanta compasión, que me parecía sentir en mi propio cuerpo la pasión; y, a su presencia, todo este monte resplandecía como un sol. Así, descendiendo, se acercó, y, estando ante mí, me dijo ciertas palabras secretas que aún no he revelado a nadie; pero ya se acerca el tiempo en que se revelarán (4). Después de algún tiempo, Cristo partió y retornó al cielo, y yo me hallé marcado con estas llagas. Vete, pues -dijo San Francisco-, y manifiesta estas cosas al ministro con toda seguridad, porque ésta fue obra de Dios y no de los hombres.
Y dichas que fueron estas palabras, San Francisco me bendijo y retornó al cielo con multitud de jóvenes esplendidísimos».
El dicho hermano Mateo dijo que todas estas cosas las había visto y oído estando en vela y no dormido. Y así lo juró al mencionado ministro en su celda de Florencia cuando se lo requirió en virtud de santa obediencia.
En alabanza de Cristo Jesús y del poverello Francisco. Amén.
Otra vez, repasando un hermano devoto y santo la leyenda de San Francisco en el capítulo de las sagradas santas llagas (5), comenzó a pensar con gran ansiedad de espíritu qué palabras pudieron ser aquéllas tan secretas dichas por el serafín en el momento de su aparición, de las que San Francisco dijo que no las revelaría mientras viviese. Y decía este hermano para sí: «Estas palabras no las quiso decir San Francisco a nadie mientras vivió; pero ahora, después de su muerte corporal, acaso las diría si devotamente se le pidiese».
Y desde entonces comenzó el devoto hermano a rogar a Dios y a San Francisco que tuvieran a bien manifestar aquellas palabras; perseverando en estas súplicas durante ocho años, mereció ser escuchado en el octavo de la siguiente manera:
Un día, después de comer y de dar gracias en la iglesia, estando en oración en un rincón de ella y rogando a Dios y a San Francisco más devotamente de lo que solía y con muchas lágrimas, fue llamado por otro hermano, y de parte del guardián recibió la orden de que lo acompañase por aquellas tierras, pues la utilidad del lugar lo requería. No dudando de que la obediencia es más meritoria que la oración, en cuanto oyó el mandato del prelado, abandonó inmediatamente la oración y humildemente se fue con el hermano que le había llamado. Agradó a Dios este gesto, y el hermano mereció por este acto de pronta obediencia lo que no había merecido por largo tiempo de oración. Y así, cuando hubieron cruzado la puerta del lugar, dieron con dos hermanos forasteros que, al parecer, venían de lejano país; uno de ellos parecía joven, y el otro, anciano y delgado; por causa del mal tiempo hallábanse mojados y llenos de barro. Movido a compasión, dijo el hermano obediente a su compañero:
-- ¡Hermano mío carísimo! Si fuera posible aplazar un poquito nuestra salida... Estos hermanos forasteros tienen necesidad de ser acogidos caritativamente. Te ruego me permitas que, antes de nada, vaya a lavar sus pies, especialmente los de este hermano anciano, que tiene más necesidad; vos podéis lavárselos a ese otro más joven. Luego saldremos por el asunto del convento.
Condescendiente su compañero con la caridad de aquél, volvieron adentro, recibieron con mucha caridad a los forasteros y los llevaron a la cocina para que se secasen y calentasen junto a la lumbre, donde también estaban calentándose otros ocho hermanos. Poco después los llevaron aparte para lavarles los pies, como habían convenido. Lavó el hermano devoto y obediente los pies del anciano. Al quitarle el mucho lodo que los cubría, vio en ellos las llagas; de repente, abrazándose a los pies, lleno de alegría y asombro, exclamó: «O eres Cristo o San Francisco». A estas palabras se levantaron los ocho hermanos que se hallaban junto a la lumbre y acudieron, con mucho temor y reverencia, para ver aquellas llagas gloriosas. El hermano anciano, atendiendo a los ruegos, las dejó ver claramente, tocarlas y besarlas. Y, estando ellos admirados y gozosos, les dijo:
-- No dudéis ni temáis, hermanos míos carísimos e hijos míos. Yo soy vuestro padre el hermano Francisco, que por voluntad de Dios fundé tres Ordenes. Ocho años hace que este hermano que me lava los pies me está rogando -hoy lo ha hecho con más fervor que nunca- que le revele las palabras secretas que me dijo el serafín cuando me imprimió las llagas, y que yo nunca quise manifestar en mi vida. Hoy, por su perseverancia y por la pronta obediencia con que dejó la dulzura de la contemplación, vengo, por mandato de Dios, a revelárselas delante de vosotros.
Y, volviéndose entonces hacia aquel hermano, le dijo así:
-- Has de saber, hermano carísimo, que, cuando yo sobre el monte Alverna estaba todo absorto en la memoria de la pasión de Cristo, durante la aparición seráfica fui por él llagado de esta forma en mi cuerpo. Entonces me dijo: «¿Sabes tú lo que te he hecho? Te he dado las señales de mi pasión para que seas mi portaestandarte. Y como yo el día de mi muerte bajé al limbo y, en virtud de estas mis llagas, libré todas las almas que en él estaban llevándolas al paraíso, así te concedo desde ahora, para que me seas semejante en la muerte como lo has sido en vida, que, cuando hayas abandonado este mundo, todos los años, en el aniversario de tu muerte, vayas al purgatorio y, en virtud de las llagas que te he impreso, saques de allí las almas de tus tres Ordenes de menores, monjas y continentes, y aun las de tus devotos que allí encuentres, y las conduzcas al paraíso». Estas palabras no las revelé nunca mientras vivía en el mundo.
Dicho esto, San Francisco y su compañero desaparecieron repentinamente.
Después, muchos otros hermanos lo oyeron de labios de aquellos ocho que se hallaron presentes a la aparición y a las palabras de San Francisco.
En alabanza de Jesucristo y del poverello Francisco. Amén.
Una vez, estando en oración en el monte Alverna el hermano Juan del Alverna (6), varón de gran santidad, se le apareció San Francisco, se detuvo y habló con él largo rato, y, cuando quiso partir, le dijo:
-- Pídeme lo que quieras (7).
Dijo el hermano Juan:
-- Padre, yo te ruego que me digas una cosa que deseo saber desde hace mucho tiempo; dime qué hacías y dónde estabas cuando se te apareció el serafín.
Contestó:
-- Oraba donde ahora está la capilla del conde Simón de Battifolle (8) y pedía dos gracias a nuestro Señor Jesucristo. La primera, que me concediese en vida sentir en el cuerpo y en el alma, en cuanto fuese posible, todo aquel dolor que Él había sentido durante su acerbísima pasión. La segunda, sentir yo en mi corazón aquel excesivo amor que abrasó el suyo en deseos de padecer tanto por nosotros pecadores. Y entonces me infundió Dios la persuasión de que me sería concedido lo uno y lo otro en cuanto es posible a una pura criatura. Y bien me lo cumplió con la impresión de las llagas.
Preguntóle si las palabras secretas que le había dicho el serafín eran como las refería aquel devoto hermano antes mencionado, que decía habérselas oído a San Francisco en presencia de ocho hermanos. Y el Santo contestó que, efectivamente, era verdad lo que aquel hermano decía. Tomando aún el hermano Juan una mayor confianza en vista de la que el Santo se complacía en darle, le dijo:
-- Padre, te ruego con el mayor encarecimiento que me dejes ver y besar tus gloriosas llagas; no porque tenga la menor duda, sino únicamente para mi consuelo, porque siempre lo he estado deseando.
Entonces, San Francisco se las mostró y presentó liberalmente, y el hermano Juan las vio con toda claridad, las tocó y las besó. Por último, le dijo:
-- Padre, ¡cuánto consuelo sentiría vuestra alma viendo venir hacia vos a Cristo bendito y daros las señales de su santísima pasión! Pluguiese a Dios que sintiera yo algo de aquella suavidad.
Dijo San Francisco:
-- ¿Ves estos clavos?
Contestó el hermano Juan:
-- Sí, Padre.
-- Pues toca otra vez -añadió el Santo- este clavo de mi mano.
El hermano Juan lo tocó con gran reverencia y mucho temor, y repentinamente salió de él, como hilillo de humo de incienso, un olor tan intenso, que, penetrando al hermano Juan, le llenó alma y cuerpo de tanta suavidad, que al punto quedó en éxtasis arrebatado en Dios e insensible. Estuvo así desde aquel momento, hora de tercia, hasta las vísperas. Esta visión y conversación familiar con San Francisco nunca la manifestó el hermano Juan sino a su confesor; pero próximo a la muerte la reveló a los demás hermanos.
En alabanza de Jesucristo y del poverello Francisco. Amén.
En la provincia de Roma, un hermano muy devoto y santo tuvo esta admirable visión: como una noche muriese un hermano, compañero suyo queridísimo, y la mañana siguiente fuera enterrado junto a la entrada del capítulo, el hermano de la visión se recogió ese mismo día, después del desayuno, en un rincón del capítulo para pedir devotamente a Dios y a San Francisco por el alma del hermano, compañero suyo ya difunto. Perseverando con ruegos y lágrimas en la oración, al mediodía, cuando los hermanos se habían retirado a dormir, sintió un gran ruido en el claustro. Inmediatamente miró con mucho miedo hacia la sepultura de su compañero, y a la entrada del capítulo vio a San Francisco, y, tras él, una gran multitud de hermanos que rodeaban la tumba. Miró más lejos, y en medio del claustro vio fuego y llamas grandísimas, y en medio de ellas apareció el alma de su compañero difunto. Mirando a los lados, vio a Jesucristo, que, con muchos ángeles y santos, se paseaba alrededor del claustro. Observando muy maravillado estas cosas, vio también que, cuando Cristo pasaba junto al capítulo, San Francisco se arrodillaba con todos aquellos hermanos y decía:
-- Te ruego, amadísimo Padre mío y Señor, por la caridad sin estimación posible que demostraste al género humano en la encarnación, que tengas misericordia de aquel hermano mío que arde en fuego.
Pero Cristo, sin contestar, pasó adelante.
Al volver Cristo por segunda vez delante de la sala del capítulo, San Francisco se arrodilló de nuevo con sus hermanos, diciendo:
-- Te suplico, piadoso Padre y Señor mío, que, por la excesiva caridad que mostraste al género humano muriendo en la cruz, tengas misericordia de aquel hermano mío.
Y Cristo siguió, del mismo modo, sin prestarle atención. Y, dando Cristo la vuelta en torno al claustro, al pasar por tercera vez delante del capítulo, San Francisco se arrodilló como las otras veces, le mostró sus manos, pies y costado y le dijo:
-- Te suplico, piadoso Padre y Señor mío, por el gran dolor y consuelo que sentí cuando imprimiste en mi carne estas llagas, tengas misericordia del alma de mi hermano que se halla en ese fuego del purgatorio.
¡Cosa maravillosa! Al rogarle esta tercera vez San Francisco por sus llagas, inmediatamente detuvo Cristo sus pasos, las miró y, accediendo a la súplica, dijo:
-- A ti, hermano Francisco, te concedo el alma de tu hermano.
Indudablemente, quiso con esto honrar y confirmar las gloriosas llagas de San Francisco, significando claramente que las almas de sus hermanos con ningún medio son tan fácilmente salvadas del purgatorio y llevadas al cielo como en virtud de las llagas, conforme a lo que dijo el mismo Cristo a San Francisco al imprimírselas. Por esto, en cuanto hubo dicho aquellas palabras, desapareció el fuego del claustro y el hermano difunto se acercó a San Francisco, y con él y en compañía de Cristo y de toda la cohorte de bienaventurados partió gloriosamente al cielo. Viéndole libre de sus penas y llevado al cielo, sintió el hermano que rogaba por su compañero difunto grandísima alegría. Después refirió por orden dicha visión a los otros hermanos, y todos alabaron y dieron gracias a Dios.
En alabanza de Jesucristo y del poverello Francisco. Amén.
Un noble caballero de Massa de San Pedro (9) llamado messer Landolfo, devotísimo de San Francisco, de cuyas manos recibió el hábito de la Tercera Orden, fue certificado de la muerte de San Francisco y de sus gloriosos estigmas de este modo:
Estando San Francisco cercano a la muerte, el demonio entró en el cuerpo de una mujer de dicho castillo y la atormentaba cruelmente. La hacía hablar tan docta y sutilmente, que cuantos hombres sabios y letrados acudían a disputar con ella quedaban derrotados. Sucedió que salió el demonio, dejándola libre durante dos días; pero al tercero, retornando a ella, la volvió a atormentar más cruelmente que antes. Oyendo contar esto, fuese a verla messer Landolfo y preguntó al demonio, que se hallaba en ella, por qué razón había partido, dejándola durante dos días, y por qué, volviendo después, la atormentaba más cruelmente. Contestó el demonio:
-- La dejé porque me reuní con mis compañeros de estas tierras y acudimos con mucha fuerza a la muerte del mendigo Francisco para tentarle y arrebatar su alma. Pero la tenía rodeada y defendida por un número de ángeles mayor que el nuestro y la llevaron al cielo derechamente; nosotros nos retiramos confundidos (10). Por ello tomo ahora venganza y hago pagar a esta miserable el descanso que tuvo aquellos dos días.
En vista de lo cual, el dicho caballero messer Landolfo lo conjuró, de parte de Dios, que dijese la verdad acerca de la santidad de San Francisco, que, según decía, había muerto, y de Santa Clara, que estaba viva.
Contestó el demonio:
-- Quiéralo o no, te he de decir la verdad. Estaba tan irritado el Padre Eterno por los pecados del mundo, que parecía dispuesto a dar en breve tiempo la sentencia definitiva del exterminio de los hombres y de las mujeres si no se enmendaban. Pero Cristo, su Hijo, intercediendo por los pecadores, prometió renovar en el pobre y mendigo Francisco su vida y pasión y que por su ejemplo y doctrina llevaría a muchos y en todas partes al camino de la verdad y a la penitencia. Y para mostrar al mundo que había cumplido en San Francisco lo prometido, ha querido que las llagas de su pasión, que le había impreso en vida, fuesen ahora en su muerte vistas y tocadas de muchos. De la misma manera, la Madre de Cristo prometió renovar su humildad y pureza virginal en una mujer, en la hermana Clara, de suerte que con su ejemplo arrebatase de nuestro poder muchos millares de mujeres. Y, aplacado Dios Padre con estas promesas, aplazó la sentencia definitiva.
Deseando el caballero Landolfo asegurarse de si el demonio, que es mansión y padre de la mentira, decía la verdad en todo esto, y en especial acerca de la muerte de San Francisco, envió a Asís a un sirviente fiel para que se informase en Santa María de los Ángeles de si San Francisco vivía o había muerto. En llegando el referido siervo, encontró ser cierto lo declarado por el demonio, y, volviéndose, refirió a su señor que el día y la hora que el demonio afirmaba había acaecido el tránsito de San Francisco de esta vida a la otra.
Dejando de lado todos los milagros de las sagradas santas llagas de San Francisco, los cuales constan en su leyenda (11), para conclusión de esta quinta consideración es de saber cómo el papa Gregorio IX, que tenía alguna duda acerca de la llaga del costado de San Francisco -según él mismo contó-, tuvo una noche una aparición de San Francisco; levantando éste su brazo derecho, descubrió la herida del costado y le pidió una redoma. El papa la hizo traer; mandándole San Francisco ponérsela debajo de la herida del costado, parecíale al papa que se llenaba totalmente con el agua y sangre que brotaban de dicha herida (12). Y desde entonces no dudó más.
Más tarde, con el consejo de todos los cardenales, aprobó las sagradas santas llagas de San Francisco, y sobre ello dio a los hermanos privilegio especial con bula que pendía; esto tuvo lugar en Viterbo el año undécimo de su pontificado (13). El mismo papa les dio un más copioso privilegio el año siguiente (14).
También los papas Nicolás III y Alejandro (15) dieron amplios privilegios, en virtud de los cuales se podía proceder contra el que negase las llagas de San Francisco como contra quien incurre en herejía.
Baste ya cuanto hemos dicho con respecto a la quinta y última consideración de las gloriosas llagas del padre San Francisco; que Dios nos conceda la gracia de imitar de tal manera su vida en este mundo, que, por virtud de sus gloriosas llagas, merezcamos ser salvos, juntamente con él, en la gloria del paraíso.
En alabanza de Jesucristo y del poverello Francisco. Amén.
1) Los años inmediatamente posteriores a la muerte de San Francisco, e incluso más tarde, se puso en duda muy encendidamente la autenticidad de las llagas. El conjunto de apariciones, revelaciones y milagros tienen la finalidad de responder a los detractores.
2) Este día no es mencionado en los manuscritos de las Consideraciones; lo señalan otras fuentes.
3) Esta orden del ministro general Bonagrazia, elegido en 1279, es consignada en la Crónica de los XXIV Generales (AF 3 p. 374); fue dictada en el capítulo general celebrado en Estrasburgo en 1282.
4) Véase más adelante en esta misma consideración.
5) LM 13,4.
6) Sobre el bienaventurado Juan del Alverna cf. Florecillas caps. 49-53.
7) En la Vida del hermano Juan del Alverna, incluida en la Crónica de los XXIV Generales, se encuentra este mismo diálogo entre San Francisco y el hermano Juan en forma mucho más escueta (AF 3 p. 446).
8) La capilla de las Llagas, que el conde Simón de Battifolle hizo construir a partir del jueves siguiente a la fiesta de la Asunción, esto es, del 20 de agosto de 1263, sobre el lugar de la aparición del serafín, como indica una inscripción que hoy todavía se puede leer.
9) Cerca de Gubbio.
10) Es sabido que el debate en torno al alma que abandona la tierra es tema muy frecuente en la literatura y en el arte de la Edad Media.
11) La Leyenda mayor, de San Buenaventura.
12) Cf. LM mil 1,2.
13) Esta bula lleva la fecha del 5 de abril de 1237: Confessor Domini.
14) Esta bula no es conocida.
15) Se trata de Alejandro IV.

San Francisco en España



San Francisco en España


San Francisco viajó por España durante los años de 1213 y 1214, después de haber concebido este propósito en 1212. Este viaje tenía un doble objeto: la peregrinación a Galicia para venerar el sepulcro de Santiago y la predicación de la fe a los moros; a la sazón dominaban éstos los reinos de Valencia y de Mallorca, parte de Extremadura y toda Andalucía.

Numerosas tradiciones locales señalan el paso de San Francisco a través de España; en Barcelona fue acogido efusivamente por los Concellers y el pueblo; en Vich lo recuerda la fuente Sant Francesc s’hi moria, donosamente cantada por mosén Jacinto Verdaguer; en Burgos, la cabeza del peregrino extático, esculpida en los muros de su catedral; en Santiago, la suavísima leyenda del piadoso Cotolay, etc.

Fructífero fue este viaje para la Orden franciscana, que quedó por él establecida en España; fray Bernardo de Quintavalle sancionó oficialmente su establecimiento en 1217; en 1219 fray Juan Pacífico, con más de cien compañeros, según la Crónica seráfica, decretó la división de la Orden en España y en tres provincias, correspondiendo a los reinos de Aragón, Castilla y Galicia. Con salvoconductos reales parten muy luego a los lugares sometidos a la media luna, preparando la Reconquista. Acompañan luego a Jaime el Conquistador y Fernando el Santo, cuando ya tenían reorganizado el obispado de Marruecos; su tercer obispo, fray Lope, señala entonces los destinos que España pudo tener allende el Estrecho. Cinco franciscanos establecidos en Andalucía (fray Bernardo, Pedro, Ayuto, Arcusio y Otón) pasan a Marruecos en 1220, siendo muy luego los protomártires franciscanos; mueren también, martirizados en Teruel, fray Juan de Perusa y fray Pedro de Saxoferrato; y un siglo después, Raimundo Lulio, de la Tercera Orden. Véase Boileau, Le voyage de Saint-François en Espagne (Études Franc., núms. 80 y 81; 1906). A. Ortega, El séptimo centenario de la venida de San Francisco a España (La Voz de San Antonio, Sevilla, 1913, núms. 134 y sigs.). A. López, El viaje de San Francisco a España (Arch. Ibero Americano, I, Madrid, 1914).


Frente al espléndido edificio de los Fonseca, en Santiago de Galicia, eleva sus venerandos muros el primer convento franciscano de España. En su fachada léese esta hermosa lápida: Venendo N. P. Sant Francisco a visitar al Apóstol Sant Thiago, le hospedó un pobre carbonero llamado Cotolay, cuya casa hallábase junto a la Hermita de San Payo, en la falda del Monte Pedroso. De allí se salía el Santo al monte a pasar las noches en oración; y allí le reveló Dios que era su voluntad le edificase un convento en el sitio donde está, llamado Val de Dios y Val del Infierno; y sabiendo el Santo que era del monasterio de San Martín, lo pidió al Padre Abad por el amor de Dios y se ofreció a ser su forero y pagar cada año un cestillo de peces. Aceptó el padre Abad y de ello se hizo foro firmado por el Santo; foro de que dan fe los ancianos de San Martín haber visto y leído. Habido el sitio dijo el Santo a Cotolai: Dios quiere que me edifiques un convento de mi Orden. Respondió Cotolay: ¿Cómo podría hacerlo un pobre carbonero? Le dijo el Santo: Vete a aquella fuente que allí te dirá Dios con qué. Obedeció Cotolay y halló un gran tesoro con que edificó el Convento. Bendijo Dios a la Casa de Cotolay y casó noblemente; fue regidor de esta ciudad y edificó los muros de ella que ahora van junto a San Francisco y antes iban por la Azabachería. Su mujer está enterrada en la Quintana, y Cotolay, fundador de esta casa, en este lucilo que para sí escogió. Falleció santamente el año del Señor MCCXXXVIII. El foro del cestillo de peces se pagó siempre hasta el siglo XVIII; el convento tiene dos soberbios claustros ojivales y una biblioteca de más de 25.000 volúmenes, con más de 200 incunables. Este convento es actualmente Colegio de Misiones para Tierra Santa y Marruecos.




lunes, 3 de octubre de 2011

Leyenda de San Francisco de Asis



Leyenda de San Francisco de Asis

La bendición de San Francisco al hermano León es uno de los tres autófrafos que se conservan del Santo de Asís. Ésta y las alabanzas al Dios altísimo se conservan en el Sacro Convento de Asís y la carta que San Francisco escribió al hermano León se guarda en la catedral de Espoleto.

La Bendición de San Francisco es un pergamino de diez centímetros de ancho por catorce de largo en el que se lee:

El Señor te bendiga y te guarde;
t e muestre su faz y tenga misericordia de ti.
Vuelva a ti su rostro y te conceda la paz.
El Señor te bendiga, hermano León.

En un inventario de las reliquias del Sacro Convento de Asís, terminado y firmado el 15 de febrero de 1338, se recuerda un marco de madera con cristal “con la bendición que San Francisco dio a su compañero el hermano León”. En otro inventario de 1473, la bendición se halla ya en un relicario de plata: “en el que se halla el escrito de mano de San Francisco”. Actualmente se conserva en un relicario de plata del siglo XVII en la Capilla de las Reliquias de la Basílica de San Francisco en Asís.

Según cuenta Tomás de Celano en su segunda Leyenda de San Francisco: “Uno de los compañeros del Santo deseaba con mucho afán tener por escrito, para que le confortase, alguna de las palabras del Señor, acompañada de una breve anotación manuscrita de San Francisco. Creía, en efecto, que con eso desaparecería una tentación molesta que lo atormentaba. Aunque se consumía en este deseo, le daba pavor descubrirlo al Santo; pero a quien no se lo manifestó el hombre, se lo reveló el Espíritu.

Un día llama el bienaventurado Francisco al hermano y le dice: “tráeme papel y tinta, porque quiero escribir unas palabras del Señor y sus alabanzas que he meditado en mi corazón”. En cuanto los tuvo a mano, escribió de su puño y letra las alabanzas de Dios y las palabras que quiso, y, por último, la bendición para el hermano, a quien dijo: “Toma para ti este pliego y consérvalo cuidadosamente hasta el día de tu muerte”. Al instante desaparece del todo la tentación” (2C. 49).

Este compañero de Francisco era el hermano León, natural de Asís, que fue secretario y confesor del Poverello. Después de la muerte de San Francisco estuvo en diversos conventos, como en el de San Simón de Espoleto, donde deja la carta que le escribió San Francisco. Reside también en La Porciúncula, donde muere el 15 de noviembre de 1271. Fue enterrado en el Sacro Convento.

La bendición que escribe Francisco, poco después de la impresión de las llagas, es la bendición solemne sacerdotal del libro de los Números (cfr. Núm. 6, 24-27). La firma con la TAU, cuyo trazo vertical divide el nombre del hermano León.

El hermano León anotó posteriormente en el pergamino con tinta roja: “El bienaventurado Francisco escribió de su puño esta bendición para mí, hermano León”. Y debajo del cráneo, signo del primer Adán salvado con la muerte en cruz del segundo Adán, Jesús, el hermano León apunta: “También de su puño hizo el signo TAU y la cabeza”.

Fuente:
Valentín Redondo .
www.pazybien.org/sanfrancisco/gestos/bendicion.htm

San Francisco de Asis nos cuida


Leyendas de mi pueblo: San Francisco de Asís nos cuida

(Recopiló Rene Rodriguez Vasquez)

Durante la “Guerra” de los cristeros a mediados de los años veintes, siendo presidente de México don Plutarco Elías Calles, la situación entre gobierno – iglesia, era de persecución, la gente en Atizapán no fue diferente al trato del gobierno en relación al resto del país, la persecución fue de todo aquello que sonara a religión.
Todo parece indicar que en este tiempo los dueños del Rancho “San Miguel Chiluca” o “Purísima Concepción” destruyeron la capilla que había en esa propiedad para evitar conflictos con el gobierno.
En una leyenda recogida en esta ciudad, se nos menciona que por las tardes cuando llovía, “San Francisco” bajaba del altar y salía a lo largo y ancho de las calles y pueblo de Atizapán, este recorrido era para proteger a la gente católica de este lugar y no tuviera problemas con el supremo gobierno, además de “echar un vistazo” a las cosechas que se desarrollaban en forma normal.
San Francisco caminaba a la hora que quería o cuando sospechaba que habría problemas y ya resueltos los problemas, regresaba a su casa, en la iglesia de San Francisco a ocupar su lugar. Cuando llegaba siempre dejaba algunas huellas de sus pies y quien hacía la limpieza le veía los pies llenos de lodo. En alguna ocasión dicen que salió a hacer su recorrido como siempre, por las viejas calles de tierra y empedradas de Atizapán, caminaba sin prisa por lugares llenos de ramas, se deslizaba sin hacer ruido, tomó rumbo al cerro del tejocote o Tecajete o cerro grande como quieran llamarle, justo arriba de donde esta la colonia México Nuevo, solo que en esta salida andaban los “pelones” o fuerza federales caminaban en persecución de un grupo de gentes de la religión católica establecidos en el “Rancho del Charro” (después México Nuevo), “ahí se esconden”, les dijeron a los federales. Dice la leyenda que ya casi los habían localizado, pero vieron que una figura con hábito caminaba cerro arriba, mientras mas rápido caminaban los soldados, mas se alejaba la figura, hasta llegar a la punta del cerro, desesperados de no poder alcanzarlo, los soldados empezaron a disparar con sus rifles, vieron que la figura no se movía y se fue desvaneciendo paulatinamente hasta que desapareció, esto fue aprovechado por el grupo de católicos para huir salvándose de una muerte segura.
Quien hacía la limpieza de la iglesia y de la misma imagen vio como le faltó un dedo a “San Francisco”, dicen que uno de los disparos se lo tiró, aun hoy en día ese detalle esta en la imagen. (Relato de Pancho Zaragoza). Atizapán centro